Las crisis sanitaria y económica que se vive a nivel mundial sugieren que tal vez deberíamos funcionar distinto como sociedad…
Cuando leí por primera ver el revelador libro ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? todo mi cuerpo se rebeló contra sus ideas sobre economía.
Verán, el libro de la analista sueca Katrine Marçal es un trancazo para todos los que fuimos educados en el paradigma de la economía neoclásica. En este modelo, explicado por primera vez por Adam Smith en el siglo XVIII, lo que prima es el egoísmo y la supervivencia solitaria del más fuerte. Es un ambiente de cavernícolas, pero ha funcionado por tres siglos así que…
Los bienes son escasos y tienen beneficios marginales menores a medida que se consumen. Es decir: el primer cigarro es delicioso, el último es un asco. Marginalmente, nuestra ganancia decrece, por lo tanto tenemos que buscar un nuevo bien para explotar.

Estamos hambrientos, somos lobos y nos devoramos entre nosotros; a menos, claro, que entendamos, como lo puso Adam Smith en su libro seminal, La riqueza de las naciones, que no es de la generosidad del panadero la que hace que comamos cada día, sino de su interés propio: nos vende el pan porque esa venta le permite sobrevivir, y nosotros le compramos porque necesitamos nuestro alimento básico.
Así, la economía se autoregula por el egoísmo o, como dicen los economistas para que suene más bonito: el interés propio.
Y a todo esto, nos pregunta Marçal: ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Marçal es una excelente narradora y se toma un par de páginas para contarnos que don Adam vivió siempre con su mamá —típico— y era ella la que le servía cada noche su filete a buen término. Y, supone Marçal, la mujer no lo hacía por interés propio, sino por algo que la economía desprecia: el amor.
El amor es un bien escaso, el egoísmo abunda. Esta es la tesis provocativa que Katrine Marçal pone en la mesa. Esto apunta a la muerte del llamado Homo economicus, ese hombre viril, eficiente, bañado en testosterona que compite en todo momento. Íntegro, solitario, despiadado. La imagen de Michael Douglas en la película La hoguera de las vanidades viene a la mente. ¿Amor? Solo para él mismo.
Y eso está bien, nos dicen la economía neoclásica… ¿En serio?
¿Abandonar los supuestos de la economía?
A medida que leo a Marçal tengo dos sentimientos: un miedo racional a abandonar los supuestos con los que he sido educada y una sensación en la tripa de que esta mujer sueca tiene razón:
“La economía debería ayudarnos a ponernos por encima del miedo y la avaricia —escribe Marçal— no debería explotar esos sentimientos en nosotros”.
¿Por qué? Porque finalmente la economía es la ciencia de la prosperidad para todos. Y ese todos nos incluye, pues sí, a todos. La gran mentira del liberalismo es que todos empezamos del mismo punto y es nuestro esfuerzo propio —la “meritocracia”, ese mitazo genial— lo que nos hará triunfar y ser felices.
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Nada más falso: no es lo mismo nacer en una familia de clase media y raza blanca que ser un indígena en la sierra de Veracruz. Para empezar, la nutrición infantil no será la misma. Mientras que Juanito, que vive en la colonia Del Valle de la Ciudad de México, irá a un buen colegio cerca de su casa; María es totonaca, tiene que caminar dos horas para llegar a su primaria de un solo salón. ¿Podrá María, si le echa muchas ganas, alcanzar a Juanito en la escalera económica? La probabilidad dice que no.
Y es aquí donde entra el amor (ojo: no el asistencialismo).
“No existe un lunch gratuito”, dice la economía neoclásica; “Tampoco existen los cuidados gratuitos”, nos recuerda Marçal. Si hubiera una manera de que Juanito y María cooperaran por la sencilla generosidad de ser compañeros del mismo camino, la economía cumpliría con su objetivo de asegurar la prosperidad para todos.
En su libro Economía feminista, Mercedes D’Alessandro completa las ideas de Marçal de manera más radical:
No hay manera de cuestionar el modelo económico actual, tan injusto e incompleto, sin el feminismo.
Cuando una mujer logra el triunfo predicho para el Homo economicus será juzgada por cosas tan estúpidas como sus zapatos o su peinado. Se le tachará de viril o, si no lo es, de débil. Todos insinuarán que no merece ese lugar preponderante. ¿Es ese realmente el mundo en el que queremos vivir?
Crecí leyendo a Ayn Rand, una mujer (of all people) completamente seducida por el Homo economicus. En la filosofía de Rand, el egoísmo prima. Sin el capital, escribió, no hay manera de obtener libremente los bienes. Sin capitalismo, se tiene que recurrir a la violencia o, todavía peor, al chantaje emocional para obtener lo que deseamos.
¿No hay otros opciones? ¿No sería posible imaginar un mundo donde la generosidad supere ese egoísmo de reptiles?
Muchos músculos y tripas de mi cuerpo se revuelven frente a las ideas de Marçal y D’Alessandro. Pero una parte más noble e intuitiva de mi mente me dice que ambas tienen razón. Y que el cambio de paradigma que proponen es, sí, el futuro necesario para la economía.
Seamos más amorosos. Suena tonto y cursi. Tal vez debamos ser más cursis. La supervivencia de todos pende de ese hilo.
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