9 julio, 2020
Manuel Lino González (67 artículos)
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Polinesia, la historia que sólo el ADN podía contar

Hace unos 800 años, navegantes que salieron de América llegaron a alguna de las múltiples islas y contribuyeron a poblar la zona

El escritor suizo Erich von Däniken creía que eran obra de extraterrestres, los cuales, en alguna visita, las habrían construido con tecnología ultra avanzada… Así de sorprendente es esta isla de la Polinesia.

Menos fantasioso, el explorador y escritor noruego Thor Heyerdahl pensaba que la tecnología necesaria para construir las imponentes estatuas moais y sus bases (llamadas ahus) tenían que venir de alguna civilización humana más avanzada que la que habitaba en Rapa Nui o Isla de Pascua. Quizá los incas habían llegado desde Perú, pensaba Heyerdahl; tal vez los egipcios.

Esas son solo dos de las muchas propuestas que se han hecho para resolver el “misterio” de las moais desde que el 5 de abril 1722 (que fue día de Pascua) el explorador neerlandés Jacob Roggeveen llegó a la isla y le puso un nombre “en cristiano”. 

Para probar su hipótesis, Heyerdahl construyó una balsa como supuso que debían hacerlas los indígenas de la antigüedad (basándose en dibujos y descripciones de los conquistadores españoles). Tan seguro estaba de su propuesta, que incluso llamó a su balsa Kon-Tiki, que se supone era el nombre antiguo de la deidad inca Viracocha

El 28 de abril de 1947 Heyerdahl se embarcó con una pequeña tripulación y, aunque haciendo un poco de trampa, después 101 días y de recorrer 6,900 kilómetros logró llegar a un atolón de la Polinesia Francesa llamado Raroia. Esto, por supuesto, no demostraba nada, así que la controversia sobre el origen de moais, ahus y polinesios sólo se hizo más intensa. Todavía en 2012, un documental basado en el libro y la expedición de Heyerdahl compitió por un Oscar.

Desde hace algunos años, por pruebas genéticas se sabe que los pobladores originales de la Polinesia llegaron desde lo que actualmente es Taiwán, pero quedaba la duda de si en Rapa Nui habría sucedido algo más.

Ayer, en la revista Nature, se publicó un estudio liderado por científicos del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (Langebio), del Cinvestav en Irapuato, que demuestra que Heyerdahl, en cierto sentido, tenía razón; pero también que estaba completamente equivocado.

Una fotografía genética

Originalmente, hacer este estudio “era una cosa impensable”, cuenta Andrés Moreno Estrada.

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En Rapa Nui hay 887 moais, la mitad de ellas permanece en en el sitio Rano Raraku, que es donde se hicieron la mayoría. Algunas de las estatuas están inconclusas y son mucho más grandes que el promedio, incluyendo una que pesa alrededor de 270 toneladas mientras que el promedio es de 10 toneladas. Foto: Andrés Moreno-Estrada.

Pero lo hicieron. Todo empezó cuando en 2014 publicaron en la revista Science, el que hasta la fecha es el estudio más detallado de la diversidad indígena en México. “Describimos qué tan estructurada está la población, cómo se asemejan los diferentes pueblos indígenas… Causó bastante impacto”, recuerda Moreno.

Tanto, que los contactaron de la Universidad de Chile “para hacer un estudio similar en la población chilena, cuando todavía estábamos en (la Universidad de Stanford)”. Con el plural, Moreno se refiere a sí mismo y a su pareja y una de las coautoras de ambos estudios, la antropóloga Karla Sandoval.

De hecho fue ella quien, estando en Chile, propuso hacer un estudio de diversidad genética en la Isla de Pascua. “Yo dije que estaría fantástico, pero que era una locura”. Y lo era, porque el proyecto en que estaban, llamado Chile Genómico, era un proyecto fondeado con recursos federales que difícilmente contaría con la colaboración de los pobladores de la isla polinesia, “que no están encantados con un gobierno que los anexó en 1988 a la fuerza”, agrega Moreno. 

Sandoval explica que después de la Guerra de las Malvinas, el territorio fue concedido a Chile, “pero ellos no se consideran chilenos”. “Culturalmente son ‘otro boleto’, descienden de navegantes polinesios que llegaron hace cientos de años”, dice Moreno.

Claro que no era solo cuestión de ir y tomar muestras, “de llegar como científico representante de hombre blanco que saquea los recursos”; además de hablar con los líderes y obtener los permisos, “queríamos hacer  una colaboración con la propia comunidad”

“Es un proceso que en lo personal llevo trabajando desde hace 15 años, desde que empecé con la comunidad Triki (en Oaxaca)” comenta Sandoval. En Isla de Pascua el proceso fue un poco más complicado de sus experiencias previas en otros países de Latinoamérica “precisamente porque hay una guerra de identidad fuerte”. La sugerencia de los investigadores chilenos fue “que no dijéramos que íbamos de parte de Chile”.

Así, fueron primero con el consejo de ancianos y entendieron “lo importante que era para ellos saber que venían de ancestros rapanuis, de la Polinesia”. Una vez que el consejo de ancianos les dio acceso, organizaron las charlas informativas, que se anunciaron por megáfono y por radio.

“No era llegar a explicarles ‘Esto es el ADN’; sino hablar de su historia y de las migraciones y de por qué es crucial conocerlas mejor”, explica la antropóloga. “Es un tema sensible -dice Moreno-, porque la población Rapa Nui está muy al tanto de las múltiples teorías que hay sobre sus orígenes, del interés internacional por los moais… y en la isla se han tomado muestras de todo”.

“Mucha gente se entusiasmó… se interesó en conocer más de su propia historia”, recuerda Moreno. Pero no toda la gente:

“Tienen una historia oral muy rica y fidedigna. La generación de más edad sí nos decía: No necesito su ciencia, yo ya sé mi historia, tengo bien claro cuáles son mis ancestros”. 

“Al final se formó un grupo numeroso de personas interesadas en participar. Y obvio, nos preguntaban ¿Qué nos garantiza que ustedes si volverán?”, dice Moreno. La pareja recuerda que todo este proceso, los vuelos, las pláticas, la toma de muestras, lo hicieron con su hija de seis meses en la cangurera, lo que tal vez ayudó a darles más credibilidad.

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Andrés Moreno Estrada (derecha) entregando resultados del análisis genético a la comunidad Rapanui en la Isla de Pascua. Foto: María Ávila Arcos.

“Lo hemos hecho en Oaxaca, en Perú, cuando hay resultados regresamos a la comunidad a entregarlos”. Así fue también en Rapa Nui. “Les entregamos lo que llamo una fotografía genética, con colores, sin los clásicos números ni porcentajes”.

Moreno explica que son cuidadosos en la entrega; por ejemplo, evitan hablar de “pureza” y se esfuerzan en comunicar la idea de que todos somos una mezcla que se refleja en la fotografía genética. “No tienes idea de lo bien recibida que fue la analogía, nadie preguntó por números, cada raya es un cromosoma y pintamos por colores. Lo rojo es africano; lo polinesio verde, casi todo era verde”.

“Fue un refuerzo de identidad tremendo, la gente se emocionaba porque de alguna manera se veía reflejada toda la historia que les habían contado sus padres y sus abuelos. Sí soy rapanui, no importa en qué medida”.

Para los investigadores, apenas empezaba el trabajo.

El ADN no miente

La controversia sobre el origen de los rapanuis y su capacidad para construir y mover las moais y sus aun más grandes, aunque menos elaboradas, bases, como explica Jared Diamond en Collapse, estaba sustentada en el prejuicio y el racismo de no creer que unos “meros salvajes” pudieran hacerlo. 

Ciertamente, la construcción es impresionante, pero junto con otras muchas características, no es esencialmente distinta a la cultura polinesia que se manifiesta en las otras islas. De hecho, el lenguaje que se habla en la Isla de Pascua es polinesio, cosa que se comprobó desde 1774, cuando un tahitiano que acompañaba al capitán Cook pudo comunicarse con los rapanuis.

Pero lo cierto es que, aun sin los prejuicios, valía la pena explorar la posibilidad de que hubieran llegado indígenas americanos a la Polinesia, algo sobre lo que lingüistas, antropólogos y arqueólogos tenían algunas evidencias subjetivas y sujetas a la interpretación.

“Era una pregunta muy difícil de contestar. Pero el ADN no miente”, dice Moreno. 

Lo que hicieron es como un test de paternidad pero buscando cientos de años atrás para averiguar quiénes eran los ancestros de los actuales pobladores, algo que no podían hacer solos. Sus colaboraciones más extensas fueron con grupos de las universidades de Oxford y de Oslo. 

Erika Hagelberg de Oxford fue clave. Moreno recuerda que “se me acercó después de una platica y me dijo: Tengo las muestras ideales para lo que tú quieres conocer”. Y sí, tenían muestras de todo el Pacífico, desde Taiwán, de donde hace 5 mil años salie ron los navegantes que fueron poblando Filipinas, Indonesia, Melanesia y Polinesia, la cual es un inmenso triángulo con Hawai al Norte, Rapa Nui al este y Nueva Zelanda al suroeste. 

Comparar con muestras de América Latina fue más fácil, porque ellos mismos tenían estudios de México, Perú, Chile y otros países. “Sumando los del Pacífico y América Latina teníamos cerca de 900 muestras. Los 200 de la Isla de Pascua eran los más numerosos”. Gracias a eso, pudieron distinguir dos tipos de genes indígenas en Rapa Nui, unos que venían del contacto reciente con Chile. 

Para estudiar el paso del tiempo en el ADN, el equipo diseñó un sistema innovador. Moreno explica que en cada generación se heredan fragmentos de cromosomas; cada uno de nosotros heredamos unos fragmentos de nuestra madre y otros de nuestro padre. 

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Análisis genómico en Langebio. Foto: Jacob Cervantes.

En una primera generación, esos fragmentos son grandes, es posible que incluso tengamos hasta un cromosoma completo de uno solo de nuestros progenitores. Pero conforme las generaciones se suceden, los segmentos cromosómicos se van haciendo más pequeños. Mientras más pequeño es el fragmento, más antiguo. Con el análisis del tamaño de los fragmentos y su origen se puede dar una estimación del número de generaciones, que se puede aproximar al número de años. 

Así pudieron ver que había un pequeño grupo de individuos con ADN de origen indígena, en porciones muy bajas del genoma de entre 2 y 5 por ciento, compuesto de fragmentos pequeños y que no estaban relacionados con Chile, México ni Perú.

Aún no están muy seguros, porque no tienen suficientes muestras con las cuales comparar, pero el origen de esos fragmentos de ADN debe estar en Centro América, Ecuador o, más probablemente, el norte de Colombia. 

De lo que sí están seguros es que el análisis indica que han pasado entre 20 y 24 generaciones, lo cual implica que ese ADN se incorporó al genoma polinesio hace 800 años, alrededor del año 1200.  

Sí, genoma polinesio, no solo rapanui. “Vimos que otras islas alrededor también tenían este componente indígena”. Lo encontraron en cinco archipiélagos, como las Marquesas del Norte, las Palliser y las Mangareva, que están distanciadas por al menos cientos de kilómetros. 

“Esto nos dice que tuvo que haber un contacto antiguo cuando esta parte de la Polinesia apenas se estaba poblando”. Creen que fue un evento único y muy limitado, porque la señal es pequeña y porque es muy baja la probabilidad de que hayan llegado cinco embarcaciones a los distintos lugares.

Además, la expedición Kon Tiki salió de la costa de Perú, pero tuvo que ser remolcada para encontrar la corriente de Humboldt, que la condujo a la Polinesia. En cambio, “hay una corriente, la Ecuatorial del Sur, que pasa por Centroamérica, Colombia y Ecuador y acaba en Polinesia”, explica Moreno.

Desde la violencia y el menosprecio

Moreno comenta que con la publicación del artículo espera recibir críticas del tipo ¿y esto por qué demonios le interesa a México? 

Interesa, por un lado, porque resuelve de manera definitiva una pregunta trascendente que llevaba pendiente 300 años, y porque la respuesta habla de la naturaleza humana, del impulso de viajar y explorar, cosa que hacían desde miles de años atrás. 

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En Tongariki hay 15 moais de, en promedio, 4 metros de altura y 10 toneladas de peso, sobre un ahu, la base que también estaba hecha de piedra, pesa 20 veces más que un moai y también tenía que ser transportado. Foto: Javier Blanco.

También interesa porque conocer y recordar la historia de Rapa Nui es importante, pues se ha convertido en una especie de fábula  real con moraleja: La competencia por construir moais cada vez más grandes e imponentes entre los 11 o 12 clanes que poblaban esta pequeña isla de apenas 6,666 hectáreas (tiene poco más de la mitad del tamaño de la alcaldía Iztapalapa en la Ciudad de México), acabó con su bosque, dado que necesitaban los troncos para transportar las esculturas.

La Isla Pascua solía sostener un bosque diverso. Se han encontrado rastros de 21 especies desaparecidas, además de la palma cuyos troncos usaban para transportar las construcciones, cuenta Jared Diamond en Colapso. Actualmente no hay un solo árbol en la isla.

Se supone que las construcciones, que empezaron a hacerse entre el 1300 y el 1400, cesaron en algún momento alrededor del año 1600 después de una catástrofe ecológica, cultural y demográfica, y el hecho se suele usar como un ejemplo de lo que podría sucederle al mundo si no toma el camino de la conservación y la sustentabilidad (aunque hay investigadores que sostienen que falta evidencia de que el colapso haya ocurrido y que la sociedad rapanui, sus construcciones y costumbres siguieron incluso después del contacto con los europeos).

Diamond cuenta que “los pascuenses le explicaron a Thor Heyerdahl cómo sus antepasados habían erigido estatuas sobre los ahu. Se indignaron porque los arqueólogos nunca se habían dignado preguntarles, y erigieron una estatua para él, sin usar grúa”. 

Es decir, también interesa porque la parte contemporánea y científica de la historia de Rapa Nui es una historia de racismo y de desprecio cultural.

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Y en ese sentido, el logro de los mexicanos, sin omitir la colaboración de las universidades de Stanford, Oxford, Oslo y Chile, que Moreno y Sandoval son los primeros en reconocer, es que desarrollaron un método de análisis para reportar una pieza de conocimiento de nivel mundial, que además se puede aplicar a muchos otras preguntas y en la que ganaron una carrera en un terreno muy competido, pues hay un grupo en Copenhague y otro de Nueva York trabajando sobre la ancestría en la Polinesia. 

También interesa porque el quehacer científico genera gente capaz de resolver problemas. De hecho, Andrés Moreno forma parte del equipo que, liderado por Alfredo Herrera Estrella (quien, por cierto, fue uno de los autores del artículo de Science de 2014), desarrolló un sistema para poder hacer 19,200 pruebas tipo PCR a la vez para detectar al SARS-CoV-2.

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TAL VEZ TE INTERESE LEER: “Los otros ventiladores, sobre otro grupo de científicos mexicanos que pasaron de hacer tecnología espacial a diseñar ventiladores baratos y portátiles y que, igual que el sistema de las 19,200, pruebas no se ha aprovechado durante la emergencia.

Mientras tanto, el gobierno federal solo a dado muestras de menosprecio que tenido el gobierno federal por la ciencia, la tecnología y los profesionales capacitados en estas materias.

Karla Sandoval comenta: “Me pesa ver que a nivel federal haya, no solamente ignorancia, sino hasta desdén por la ciencia… Hay una ceguera tremenda, una gran necedad; es una pena porque hay muchos colegas extraordinarios en México que podrían haber aportado en el manejo de la pandemia”.

Por cierto, el trabajo de análisis genético se hizo en Guanajuato, que actualmente es el estado con mayores problemas de violencia en México. Según México Evalúa, durante el periodo enero-mayo de 2020, en la entidad murieron asesinadas 435% más víctimas que en 2015 y 13 de los 99 asesinatos que ocurren diariamente en México suceden en Guanajuato. 

Pero también suceden otras cosas importantes.

Manuel Lino González

Manuel Lino González

Estudié biología, música y creación literaria. Encontré trabajo como periodista. Estaba en contacto con todo lo que me entusiasmaba y, sin embargo, algo me faltaba. Entonces me di cuenta de que no me gustaban las paredes, fueran las del periódico o las que decidimos que existen entre periodismo y literatura, entre artes y ciencias, entre público y creadores, entre amigos y enemigos… Ahora estoy en una publicación donde, si no las derrumbamos, al menos vamos a explorar qué tan sólidas son. Se llama Los Intangibles. @ManuelLino_ manuel.lino@losintangibles.com