5 septiembre, 2020
Manuel Lino González (72 artículos)
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Los galenos y otros vicios de comunicar la enfermedad

En buena medida, la práctica médica depende de la comunicación; pero mientras la biomedicina avanza, nuestra habilidad para comunicarla no tanto.

Es un poco penoso que, a veces, los periodistas, cuando ya escribimos la palabra “médico” y el grado de “doctor” como si fuera sinónimo de “doctor en medicina”, usamos “galeno” para referirnos a los practicantes de la medicina.

Es tan absurdo como si a los astrónomos los llamáramos “tolomeos” o a los botánicos y químicos farmacobiólogos les dijéramos, sin distinción, “los dioscórides”. Sería absurdo, pero coherente, ya que estos tres sabios de principios de la era cristiana compartieron el honor de ser tomados tan en serio que se volvieron absurdos.

Hacia finales del siglo I, Dioscórides, un médico griego que servía en el ejército romano cuando Nerón era emperador, escribió el libro De materia médica sobre las plantas de su región. El libro iba más allá de la medicina: hablaba sobre las formas de cultivo o sobre dónde encontrarlas si eran silvestres, sobre las mejores plantas para obtener aceites o perfumes, sobre las que eran comestibles y las que eran venenosas.

Lo absurdo fue que la obra Dioscórides estuvo vigente durante alrededor de 1,500 años y en lugares muy alejados de Grecia, como Suiza o Alemania, donde no existían el clima del Mediterráneo ni, por supuesto, las mismas plantas. El historiador de la ciencia Daniel Boorstin consigna que todavía a finales del siglo XVI, el catedrático de botánica de la Universidad de Bolonia era llamado “lector de Dioscórides”.

De manera similar, hacia el año 150 el alejandrino Ptolomeo, hizo su sistema astronómico geocéntrico que no solo estuvo vigente hasta finales del siglo XVII sino que Galileo Galilei fue condenado a arresto domiciliario por contradecirlo.

A la hoguera con Galeno

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Grupo de Galeno, del Códice Viena de Dioscórides (Constantinopla alrededor del año 512). Imágenes de: Galeno, arriba al centro, y en el sentido de las agujas del reloj: Pedanios Dioscórides, Nicandros (con serpiente), Rufo de Éfeso, Andreas (médico de Ptolomeo IV Philopator), Apolonio (no está claro si es Apolonio de Pérgamo, de Kiton o Mys) y Crateuas. 

El caso de Galeno no es distinto de los anteriores; si acaso, más brillante. Nació en Pérgamo, Turquía, donde después de sus estudios ejerció como médico de gladiadores. Su fama creció al punto que llegó a ser el médico del emperador filósofo Marco Aurelio y de su hijo Cómodo, quien por cierto combatió como gladiador.

Se sabe que Galeno escribió alrededor de 500 tratados de medicina, de los cuales poco más de la quinta parte llegó hasta nuestra época.

La cantidad de cosas que logró aprender sobre fisiología y anatomía humanas es sorprendente, en especial porque desde el siglo IV aC en el imperio romano estaba prohibido hacer disecciones del cuerpo humano. Galeno infirió su conocimiento de lo que podía atisbar en las heridas de los gladiadores y de las disecciones de otras especies.

Pero más importante que todo lo que sabía fue cómo llegó a saberlo. Boorstin explica que Galeno tenía dos principios: el primero lo llevó a compendiar prácticamente todo el conocimiento médico que se tenía en su época; para el segundo es mejor citarlo:

“Si alguien desea observar las obras de la naturaleza, debe confiar no en los libros de anatomía sino en sus propios ojos”: Galeno.

Desafortunadamente, fueron unos pocos de sus tratados, seleccionados como “canon”, y no sus métodos los que estuvieron vigentes en Europa durante 14 siglos. Como resultado, la medicina que se practicaba era casi tan peligrosa como la propia enfermedad, y en ocasiones más.

Además, la medicina estaba casi por completo basada en teorías fantasiosas. Por ejemplo, la palabra italiana influenza hacía referencia a la influencia que tenían los astros sobre nuestra salud, y se aplicaba a cualquier enfermedad epidémica, en el siglo XVIII se empezó a aplicar a gripes y catarros y ahora la usamos solo para los causados por cierto tipo de virus.

TAL VEZ TE INTERESE LEER más sobre la historia de las enfermedades y la medicina, te podemos ofrecer nuestras Fábulas Morbosas 1 y 2: Pus de vaca con viruela, sobre la invención de las vacunas, y Las pulgas apestosas y el tapabocas, sobre la invención del tapabocas y las cuarentenas.

En el mundo árabe incluso tuvieron el título de “Galeno del Islam” para sus más prestigiados médicos, como Avicena en el siglo X; pero, aunque tenían obras más relevantes de Galeno, y avanzaron más que los europeos en temas de medicina, como tampoco hacían disecciones no llegaron a conocer mucho más.

Fueron los árabes los que llevaron los textos más valiosos de Galeno a Europa en los inicios del Renacimiento. Pero el efecto en la medicina fue casi nulo.

Tampoco logró cambiar las cosas el carismático Teofrasto Felipe Aurelio Bombasto von Hohenheim, conocido como Paracelso, que insistía en la observación y la experimentación como base de la medicina y hasta arrojó libros de Galeno a la hoguera en 1527 para dar énfasis a sus ideas. Más bien fue repudiado como un charlatán.

Ni siquiera la posibilidad de hacer disecciones, que se empezó a dar con las pandemias de peste, cambió mucho las cosas; pues si no coincidían con lo que había escrito Galeno, las observaciones eran desechadas como erróneas, como partes de un ser humano defectuoso o simplemente no trascendían.

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Grabado de Andreas Vesalius publicado en ”De humani corporis fabrica” (1543).

Fue el ahora casi olvidado Andreas Vesalio, un profesor de Padua, el que inició el cambio en la medicina. Lo hizo publicando sus Seis tablas anatómicas en 1538, donde, además de nombres en cuatro idiomas, tenía imágenes de un artista (Juan Esteban de Calcar, discípulo de Ticiano) que ilustraban a Galeno y/o las observaciones que el propio Vesalio había podido hacer.

Se suele decir que la revolución científica empezó con la teoría heliocéntrica, pero lo cierto es que en el siglo XVI muy pocos leyeron a Galileo, y mucho menos a Copérnico, pero Vesalio fue un auténtico best-seller. Y la ciencia médica no sólo no se detuvo, aceleró vertiginosamente. Ahora estamos en el extremo opuesto.

Los alocados siglos 20

Los siglos XX y XXI han visto crecer la información de la ciencia médica y la enfermedad de una manera abrumadora. Desde los niveles micro y nanoscópico hasta el poblacional.

El sistema de salud pública de Dinamarca, por ejemplo, en 2014 tenía digitalizada y sistematizada la información clínica completa (enfermedades, registros de presión arterial, si fuman o beben, químicas sanguíneas, etcétera) de algo más de 6 millones de personas. Lo curioso es que en ese momento había 5.6 millones de daneses, y es que algunas de las personas registradas ya habían muerto.

Sin embargo, la llegada de covid-19 mostró la necesidad de acelerar y generalizar el sistema de registros electrónicos; así que 96 hospitales de Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania y Singapur, crearon un repositorio de registros electrónicos que permite analizar y visualizar los datos de múltiples formas, según reportaron en Nature Digital Medicine.

El Consorcio para la Caracterización Clínica de COVID-19 por Historia Clínica Electrónica (4CE) aún no es una herramienta completamente desarrollada, pero el 14 de agosto reportaron registros de 27,584 pacientes y 187,802 pruebas de laboratorio recopiladas del 1 de enero al 11 de abril, y fue probada, por lo pronto, para analizar las afectaciones del SARS-CoV-2 sobre la función renal. A medida que la recopilación de datos crezca y más instituciones comiencen a contribuir con dicha información, la utilidad de la plataforma evolucionará en consecuencia.

Por el lado del quehacer científico, nunca se había experimentado una efervescencia como la actual, especialmente en el terreno de las comunicaciones científicas, que, aunque es lenta y suele tener múltiples filtros, ya había crecido enormemente. Se calcula que, con muy distintos niveles de calidad, en el mundo se publican alrededor de un millón de reportes de investigación al año.

La Organización Mundial de la Salud registra cerca de 62 mil publicaciones sobre covid-19 en distintos idiomas, lo que incluye resultados de estudios piloto antes de ser revisados por pares; además, toda la información está accesible gratuitamente para que los científicos conozcan los resultados unos de otros y avancen más rápido en sus investigaciones.

Claro, también está accesible para periodistas, políticos, funcionarios y cualquier otro ciudadano, y aquí surgen los problemas, porque si para los especialistas es difícil evaluar la relevancia y confiabilidad de los estudios, para demás es casi imposible.

De ahí se han originado las confusiones con medicamentos de eficacia aún no comprobada, como la hidroxicloroquina, la cloroquina y la ivermectina, por hablar solo de los que tienen cierto abordaje científico, y no de las francas mentiras que circulan en redes sociales.

El problema es que mientras la biomedicina no dé con tratamientos o vacunas contra covid-19, todas las medidas de prevención dependen de la comunicación, y en eso todos hemos cometido errores.

En su manual Crisis & Emergency Risk Communication (CERC) los Centros de Control de Enfermedades de EU dan una serie de directivas; pero, ante covid-19, ni EU ni otros 14 países han hecho caso de este tipo de recomendaciones, según un estudio que, tras revisar sitios web de agencias de salud pública y gubernamentales de países con 5 mil o más casos confirmados y escritos en inglés, encontró que en todos los casos se habían cometido errores al hacer mensajes complejos, largos o poco didácticos.

El CERC destaca la importancia de que desde el gobierno haya una sola voz que comunique la ciencia detrás de la emergencia, y enfatiza la necesidad de que esa voz no sea la de un político, a fin de no restar credibilidad a los mensajes en algunos segmentos de la población y de no tergiversar la información por intereses políticos.

No voy a mencionar aquí, porque no está estudiado de manera sistemática, el uso político que le han dado a la información sobre covid-19 diversos líderes de todo el mundo ni el uso engañoso que hacen las farmacéuticas de su información dando a conocer sus resultados en comunicados de prensa semanas antes de los reportes que podrían ser evaluados por científicos calificados; pero es evidente que estos también son errores y causan víctimas.

Epílogo iridiscente

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Panax heraklios probablemente es la Ferula galbaniflua y seguramente era muy usada en la antigua Grecia.

Desde las épocas de Dioscórides y Galeno, la ciencia y la clínica han cambiado mucho; los seres humanos, no tanto. Seguimos confiando o desconfiando de la misma manera ciega de la autoridad, nos creemos las historias sencillas solo porque parecen tener sentido o porque las dice una celebridad, y el efecto placebo sigue actuando exactamente igual que siempre lo ha hecho y hace que muchos remedios inútiles parezcan funcionar en ciertos casos.

Así que quizá en esta época de covid-19 valdría la pena recordar la existencia de una planta llamada panax heraklios o gálbano.

La palabra panax significa “remedio universal” y Dioscórides prescribió el jugo lechoso del gálbano para nada menos que úlceras, tos, convulsiones, roturas, dolores de cabeza, dolores de estómago, calambres menstruales, dolores de muelas, mordeduras de serpientes y dolores de parto.

Además, frotada en los ojos como ungüento, mejoraba la vista, y tomada con miel era un remedio seguro para la indigestión y la flatulencia.

Suena bien para combatir al SARS-CoV-2, ¿no? ¡¿NO?!

OK, tal vez no suena tan bien; pero suena mejor que, digamos, el hidróxido de cloro.

Este texto se publica con permiso de Eje Central, donde la primera versión fue publicada el 27 de agosto de 2020 con el título “Los vicios de comunicar la enfermedad”.

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Manuel Lino González

Manuel Lino González

Estudié biología, música y creación literaria. Encontré trabajo como periodista. Estaba en contacto con todo lo que me entusiasmaba y, sin embargo, algo me faltaba. Entonces me di cuenta de que no me gustaban las paredes, fueran las del periódico o las que decidimos que existen entre periodismo y literatura, entre artes y ciencias, entre público y creadores, entre amigos y enemigos… Ahora estoy en una publicación donde, si no las derrumbamos, al menos vamos a explorar qué tan sólidas son. Se llama Los Intangibles. @ManuelLino_ manuel.lino@losintangibles.com