Entre Florence Price y Valentin Silvestrov, el programa de este fin de semana de la OFUNAM tuvo un gusto a reivindicación, pero también a música inesperada y emocionante.
El 15 de junio de 1933, la Orquesta Sinfónica de Chicago estrenó la primera sinfonía de Florence Price, y fue la primera composición de una mujer afroamericana en ser interpretada por una gran orquesta. Este fin de semana la Orquesta Filarmónica de la UNAM interpretó su tercera sinfonía, que recuerda a Gershwin por la incorporación del jazz, pero con más ritmo e incluso fuerza.
El recital comenzó con “Serenata del atardecer” el segundo movimiento de la obra Stille Musik del compositor ucraniano Valentín Silvestrov. En poco más de tres minutos, esta obra tiene la peculiaridad de combinar estructuras y armonías tradicionales con ideas novedosas que son como respuestas a problemas que no sabíamos que teníamos.
Stille Musik significa música silenciosa, y aunque por supuesto que no lo es, sí resulta contemplativa y serena. Silvestrov no parece estar buscando sorprender, presumir o escandalizar con sus resoluciones inesperadas, sino mostrarnos que hay otros caminos que no resultaban evidentes a “simple vista”.

Con su estilo sencillo, emotivo y espiritual, Valentín Silvestrov es actualmente el compositor más reconocido de Ucrania, y el 3 de marzo pasado salió del país junto con su hija y su nieta debido a la invasión rusa. En entrevista ha dicho que considera al dirigente ruso Vladimir Putin un terrorista “mil veces más peligroso que Osama Bin Laden”.
Si algo quedó a deber este segundo programa de la tercera temporada 2022 de la OFUNAM es que sólo tocó unos minutos de este compositor que reniega del ruido y del “monumentalismo” de la actualidad.
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También de Ucrania es el virtuoso pianista Vadym Kholodenko, quien interpretó el segundo Concierto para piano en si bemol mayor de Johannes Brahms. Fue magnífico; sin embargo, más notable fue el contraste que hizo al tocar, en el encore, una bagatela de Silvestrov, que tímida y emotiva contrastó con el monumental concierto de Brahms.
Florence Price, la falsa mexicana
Incluso después del estreno de su primera sinfonía, Florence Price siguió padeciendo el no ser blanca, ni hombre ni estar muerta, que antes de 1950, como ahora, parecían ser los tres ingredientes fundamentales para que los compositores fueran considerados en las programaciones de las salas de concierto.
De hecho, a pesar del talento que la llevó a tocar el piano desde antes de los cuatro años y dar su primer recital publico a los 11, y de que reconoce no haber padecido especialmente el racismo en su infancia, Florence Price en el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra, en Boston, se identificaba como mexicana para evitar la discriminacion, según cuenta Hortensia Hernández. Pero en la tercera sinfonía hace gala de su herencia cultural.
De acuerdo con el crítico musical Alex Ross, la tercera sinfonía de Florence Price, grabada por primera vez en 2009 por el sello Deutsche Grammophon, recuerda sobre todo a Dvorak, influencia que mezcla con las armonías de tonos completos, que usaba Debussy; también el crítico español Luis Suñén escucha esa influencia así como la de Bruckner.
“… no es Price quien sigue a los dos últimos, sino los tres los que se benefician de la fuente popular”, aclara Suñén.
En lo personal, difiero de estos comentarios, pues la música de Florence Price me recordó a sus contemporáneos y compatriotas George Gershwin, en muchas armonías y en sus citas al jazz, y a ratos a Aaron Copland, en el uso de la escala pentatónica y algunos ritmos; pero, eso sí, supongo que no los seguía sino que coincidían.
Sin embargo, Price lleva su música mucho más allá que las citas e influencias de los señores blancos y muertos, tanto los europeos como los estadounidenses, y le imprime un ritmo y una fuerza de la que estos carecen; sobre todo en el tercer movimiento “Juba: Allegro”.
La juba o hambone, es una danza de origen congoleño que llegó con el comercio de esclavos al sur de Estados Unidos; involucraba llevar el ritmo con sonidos del cuerpo de los bailarines, especialmente con los pies contra el piso, pero también con golpes y frotamientos de las manos en otras partes del cuerpo.
De manera acorde, en este movimiento los seis percusionistas de la OFUNAM, dirigida con tino y entusiasmo por el huésped Sylvain Gasançon, hicieron uso de montones de “juguetes”; las armonías iban de lo sofisticado al uso repentino de escalas pentatónicas, que le daba un cierto aire primitivo.
En su desatada alegría, que dejaba un poco pálida a la sofisticada palabra allegro, el tercer movimiento parecía insuperable; sin embargo, Price termina con el Scherzo. Finale, que también tiene momentos rítmicos ; pero, sobre todo, a ratos recuerda la sinfonía Pastoral de Beethoven, y otra vez: no tanto por imitación como por su invocación a la naturaleza.
De pronto, escuchando esta sinfonía (que los hermanos Ira y George Gershwin me perdonen), es inevitable pensar que así debería sonar Porgy & Bess, esa ópera adaptada por los Gershwin de la novela de 1925 de Edwin DuBose Heyward, otro hombre blanco y muerto.