Un cambio de actitud ante la vida y las ceremonias mortuorias nos han caracterizado quizá desde antes de ser humanos
En la década de 1950, un equipo encabezado por el arqueólogo Ralph Solecki descubrió restos parciales de 10 hombres, mujeres y niños neandertales en la cueva Shanidar, en el borde de la cordillera del Kurdistán en Irak. En torno a uno de los esqueletos se encontraron aglomerados de polen antiguo. Solecki afirmó que esto mostraba que los neandertales enterraban a sus muertos y realizaban ofrendas funerarias con flores.
El “entierro de las flores” encantó al público; también desató una controversia de décadas entre los expertos sobre si los neandertales eran realmente capaces de la sofisticación cultural que implican los rituales y entierros; es decir, si tenían “una conciencia de la muerte y la creencia de que había algo significativo en los restos mortales de los miembros del grupo que motivaba a protegerlos de los elementos y de los carroñeros”, como dice Paul Ehrlich en su libro Naturalezas humanas.
En otras palabras, se quería despejar la duda de si los neandertales eran en verdad humanos. Fue hasta hace pocos meses que esa duda se despejó.
Una mano para el reposo
En 2011, el gobierno regional kurdo se acercó al arqueólogo Graeme Barker, de la Universidad de Cambridge, para planear, con el apoyo de Solecki, una nueva visita a la cueva Shanidar.
La excavación, a la que se sumaron investigadores de la Dirección General de Antigüedades de Kurdistán y la Dirección de Antigüedades de la provincia de Soran, y de otras universidades inglesas, comenzó en 2014, pero se detuvo después de dos días debido a que ISIS se acercó demasiado.

Se reanudó al año siguiente, y lo que descubrieron y publicaron en la revista Antiquity en febrero de este año, de alguna manera, resuelve la controversia del entierro de las flores por un camino distinto.
En 2016, en una pared en la zona más profunda de la excavación, encontraron una costilla seguida de una vértebra lumbar, luego los huesos de una mano derecha apretada. Pero el cuidado con que era necesario excavar hizo que fuera hasta el 2019 cuando encontraran un cráneo completo, aplanado por miles de años de sedimentos acumulados, y huesos de la parte superior del cuerpo casi hasta la cintura, con la mano izquierda doblada debajo de la cabeza como “un pequeño cojín”.
Hasta ahora se sabe poco de este esqueleto neandertal, al que llamaron Shanidar Z: que tiene más de 70 mil años y que pertenecía a un “adulto de mediana edad o mayor” cuyo sexo aún se desconoce.
“Hay una fuerte evidencia temprana de que Shanidar Z fue enterrado deliberadamente”, dijo Barker.
Emma Pomeroy, autora principal del estudio, agregó: “En los últimos años, hemos visto cada vez más pruebas de que los neandertales eran más sofisticados de lo que se pensaba, desde las marcas de las cuevas hasta el uso de conchas decorativas y garras de rapaces”
“Si los neandertales estuvieran usando la cueva de Shanidar como un sitio de memoria para el entierro ritual repetido de sus muertos, sugeriría una complejidad cultural de alto nivel”, dijo Pomeroy.
La élite incestuosa y la magia solar
El Homo sapiens, como especie, empezó a existir hace unos 300 mil años, los primeros rastros de tumbas con lo que se podría llamar ofrendas de animales tienen unos 100 mil años de antigüedad, y las primeras con ofrendas con objetos de arte, 50 mil.
Cuando se desarrolló la agricultura (hace unos 10,500 años en Mesopotamia; 9,500 en la India, 7,000 en el norte de África 3,500 en América), las grupos humanos se hicieron más grandes y estratificados socialmente, y las ofrendas se fueron enriqueciendo; además, en algunos lugares, las tumbas de los personajes de alta jerarquía orientadas astronómicamente dejaron constancia de la unión de dos ideas: la de la existencia de un más allá y la de las divinidades.

Hace más de 5 mil años, una sociedad neolítica en Newgrange, Irlanda, construyó una monumental “tumba de corredor” de unas 200 mil toneladas. Este tipo de entierros eran hechos con grandes piedras que forman un estrecho corredor que conduce a la cámara mortuoria. La de Newgrange es famosa porque la salida del sol en el solsticio de invierno ilumina repentinamente su cámara interior con una luz dorada.
Recientemente, un grupo de arqueólogos y genetistas descubrieron que el personaje enterrado en el corazón del monumento, un hombre adulto, fue producto de un incesto en primer grado, lo que implica que se encontraba entre una élite social gobernante similar a los reyes-dioses incas y a los faraones egipcios, una jerarquía donde las únicas personas “dignas de la élite eran los miembros de la familia“, explica Dan Bradley, del Trinity College Dublin.
El estudio, publicado en Nature encontró que el personaje formaba parte de una familia poderosa que tuvo entierros en “cementerios de élite” de todo el país durante al menos medio milenio.
El hallazgo se relaciona con un mito local registrado por primera vez en el siglo XI, sobre un rey constructor que reiniciaba el ciclo solar acostándose con su hermana. El nombre de una tumba de corredor cercana se basa en esta tradición y puede traducirse como “Colina del pecado”.
“Las connotaciones solares mágicas en este mito tenían a los estudiosos cuestionando cuánto tiempo podría sobrevivir una tradición oral”, dijo el Dr. Ros Ó Maoldúin, uno de los arqueólogos del estudio. “Descubrir ahora un posible precedente prehistórico del aspecto incestuoso es extraordinario”.

Ante la muerte, no somos iguales
Vivían a sólo entre 4 y 6.5 kilómetros de distancia, en la región de la Rioja Alavesa en lo que ahora es España, pero el análisis de la composición química de sus dientes revela diferencias notables en la historia de vida de quienes fueron enterrados en cuevas en comparación con los enterrados en tumbas de piedra.
Comieron diferentes dietas cuando eran jóvenes, destetaron a sus hijos a diferentes edades y participaron en diferentes prácticas de uso de la tierra, según un estudio publicado en Science que se hizo detectando la radiactividad remanente de distintos elementos.
Según los investigadores, los diferentes lugares de los enterramientos, que datan del 3500 al 2900 aC, no fueron determinados por el estatus social de los individuos en la comunidad, sino que probablemente fueron debidas diferencias culturales entre distintas comunidades.
Conforme aumentaba la riqueza de una civilización, aumentaba el esplendor de las tumbas, que pasaron a ser exhibiciones de poder.

Uno de los ejemplos más claros de esto se dio a conocer en diciembre de 2019, cuando Jack Davis y Sharon Stocker, arqueólogos de la Universidad de Cincinatti, revelaron su descubrimiento de dos tumbas principescas en Pylos, Grecia, cerca de donde pocos años antes ellos mismos habían descubierto la tumba del “guerrero grifo” (llamado así por la placa de marfil con la imagen grabada de la mitológica figura mitad águila y mitad león).
Decir que las tumbas tenían grandes tesoros, es quedarse cortos. Las tumbas estaban cubiertas de pequeñas láminas de oro que originalmente habían tapizado las paredes; además, había armamento, joyas de oro, ámbar del Báltico, amatista de Egipto y más oro.

Algunas piezas revelan elementos de la vida en las costas del Mediterráneo hace 3,500 años. Como una pieza de oro que representaba dos toros flanqueados por espigas de cebada. “Hasta donde sabemos, es la única representación del grano en el arte de Creta o de la civilización minoica“, dice Davis.
También encontraron un colgante de oro con la imagen de la diosa egipcia Hathor, protectora de los muertos. Sin embargo, no hay textos de la época que permitan explicar el simbolismo de las piezas, por lo que las tumbas servirán sobre todo para estudiar el comercio marítimo y las relaciones de poder de la época.
Algo similar sucedió de este lado del Atlántico con la tumba de K’inich Janaab’ Pakal I (615-683), el soberano de Palenque cuya tumba es una pirámide y el monumento mortuorio más elaborado descubierto hasta ahora en América. Aunque, en cuanto a la riqueza de la ofrenda, no muy lejos de ahí, en Tikal, actual Guatemala, está la tumba de Jasaw Chan k’awil en una pirámide de 47 metros, con más joyas que las de Pakal.
Sin embargo, los campeones de la antigüedad en el culto a la muerte eran los egipcios, con ideas muy distintas a la que se tenían en Mesoamérica. Para los mayas, según señala Claudio Lomnitz en Idea de la muerte en México, los muertos estaban destinados a disolverse en energía cósmica pues iban a Xibalbá, “el lugar de los desvanecidos”.
Los egipcios de los períodos ptolemaico y romano tenían, en cambio, el Libro de la Respiración, un texto funerario dividido en dos volúmenes que tenía la finalidad de permitir que las personas fallecidas se unieran a los dioses en la vida futura; el Primero (del que un papiro que acaba de ser publicado en el Journal of Near Eastern Studies por primera vez) se ponía bajo la cabeza y el Segundo a los pies del muerto.
Lecciones chimpancés
Durante mucho tiempo, los seres humanos nos hemos sentido únicos en el reino animal por tener conciencia de nosotros mismos y de que eventualmente moriremos. Pero los resultados de un estudio, hecho con datos de un grupo de chimpancés machos tomados a lo largo de dos décadas en el parque nacional Kibale en Uganda y que se publicó la semana pasada, parece decirnos que no somos únicos o que probablemente nuestras preocupaciones existenciales no son para tanto.

Los investigadores encontraron que, igual que los humanos, los chimpancés salvajes a medida que envejecen se centran en sus amistades significativas y no hacen caso de las más superficiales. Sin embargo, “no creemos que estén pensando acerca de su propia mortalidad ni de sus vidas en el futuro”, dijo en entrevista Alexandra Rosati, coautora del estudio.
Más bien sospechan que “conforme envejecen tienen cambios en su reactividad emocional; es decir, que su estado emocional es más positivo y que reaccionan menos para involucrarse en peleas con otros”.
Rosati explica que su propuesta es que esto también sucede con los humanos, porque, de hecho, para el estudio usaron la teoría de la selectividad socioemocional, hecha para humanos y que postula que hay un cambio intrínseco en las personas al envejecer, “que son más positivos y que se involucran menos en conflictos y tensiones”.
“A partir de lo que sabemos, no podemos decir que los chimpancés tengan una perspectiva del futuro, pero sí podemos mostrar que no es necesaria para que estos cambios de conducta ocurran”, dice Rosati.
Los chimpancés “son nuestros parientes más cercanos, tienen largos periodos de vida, y mucha capacidad de escoger con quién pasar su tiempo, por eso es muy importante estudiarlos para entender qué está pasando con los humanos”, dice Rosati, quien, por cierto, hizo el estudio con su mejor amigo, Zarin Machanda, y añade:
“Hay chimpancés muy populares, que aunque estén viejos y han descendido en la jerarquía de dominancia, son muy apreciados como miembros del grupo y otros chimpancés quieren pasar tiempo con ellos. Y una pregunta para nosotros es como imitamos eso”.